Se llama Alejandra, tiene 27 años y está loca. Su locura no va por el sentido de la locura clínica, como una neurosis, psicosis o depresión, sino que está loca como la gente común, pero se nota más en ella por su intensidad.
Ha sufrido, como todos, pero lo sufre más. Ha amado, como todos, pero ama con más fuerza. Sí, Alejandra está enferma, pero no lo sabe. La poca cordura que le queda bloquea su cerebro. Ya no toma medicinas, pensaba que le hacían más daño que bien. Ahora sólo toma bebidas vigorizantes, desayuna cigarros y cena tafiles.
Le gusta subirse al transporte público y sentir el roce de sus ropas con los hombres. Fantasea con ellos mientras va sentada y siente el brazo de alguien rozarla. Sabe que no pasara a mayores, pero cierra los ojos y disfruta ese momento de intimidad con un extraño. Cuando lo ha contado a sus amigos ha visto cierta complicidad en sus ojos, pero todos lo niegan por aquello del qué dirán.
La gente le dice loca por hablar sola, por apoyar las piernas en la pared y comer entre fumadas.
Ella prefiere el término de libertad, aquella conferida por la razón, entregada por el amor, sentida por la humanidad y acechada por si misma.
Alejandra tiene 27 años y está loca. Le llaman pervertida por aceptar los experimentos sexuales y ninfómana por disfrutarlo.
Dicen que está en la flor de su vida, pero que su actitud no la llevará a nada. El éxito, para su círculo, se mide en pesos, no en lazos.
La consideran interesante, pero su locura impone. La realidad, para ella, es que no tiene ataduras. Por eso, dicen, está loca.